martes, 20 de abril de 2010

Correr es cosa de cobardes


Hoy hace exactamente una semana que me apunté al gimnasio. Acabo de volver de mi carrera diaria de media hora y ya estoy limpio y aseado. En realidad lo único que he hecho en estos cinco días de vida vigoréxica (el fin de semana me lo tomé de descanso) ha sido correr durante media hora diaria. La verdad es que me siento mejor, duermo mejor, como mejor... Durante los 35 minutos que he estado en la cinta he tenido la oportunidad de analizar a la gente que me rodeaba y de llegar a la pregunta suprema, ¿qué hace toda esta gente metida aquí con el día tan bueno que hace? Por suerte en las máquinas de remos que estaban justo delante de mi se han situado los cuatro prototipos de señor/muchacho que va al gimnasio por diversas razones:

En el primer ¿banco? se ha sentado un señor que tendría sus cuarenta y muchos. De hecho este señor ya estaba ahí cuando yo llegué y aún sudaba cuando me fui. Este señor remaba muy dignamente como si se acercara a tomar tierra después de dejar el yate amarrado en alta mar en alguna bahía del mediterráneo. Apenas demostraba lo mucho que se esforzaba aún y cuando iba mucho mas deprisa que sus compañeros de regata. Ese señor ha venido al gimnasio a mantenerse en forma y porque le da la gana. Bien por él.

En segundo lugar se encontraba un "muchacho" que ya había pasado de los treinta y que era tan grande el pobre que no cabía en ninguna prenda decente y sólo le quedaba el recurso de vestir lycra de colores llamativos. Este señor ha remado unas cinco veces, se ha cansado y ha seguido su camino dando vueltas y mas vueltas al gimnasio como si fuera el dueño de una casa de apuestas de los años 50. Este señor es uno de los motivos por el que la gente deja de ir al gimnasio. Este señor representa la actitud, esa subida de barbilla que a la gente da tanta grima porque les hace sentir gordos o viejos o todo a la vez. Yo no conozco a este señor personalmente pero sólo tengo una palabra para él: lycra.

En tercera posición estaba El Nuevo, un chico de unos dieciséis años bastante tirillas y que había conseguido convencer a sus padres de que le pagaran un trimestre de gimnasio "a ver qué tal". Venía muy equipado con su botella de agua, muñequera, cinta en la cabeza, guantes para evitar el roce de las pesas... Este chico ha hecho su serie de diez minutos como si se le fuese la vida en ello y al terminar y tratar de levantarse ha tenido que sujetarse en una columna y terminarse el resto del agua mientras se secaba la frente. Yo le deseo lo mejor en la vida pero la verdad es que todos sabemos que a ese chico no le vamos a ver el pelo nunca más.

La cuarta máquina era, en realidad, la que menos historia tenía. El veinteañero que la ocupaba tenia un cuerpo perfecto gracias a las justas horas de gimnasio y el único sentimiento que generaba a los que corríamos a su alrededor era el de envidia. Todas las personas que ese día se encontraban en el gimnasio querían ser como él, ese era el fin de todo el esfuerzo y a él parecía no haberle costado nada. Disfrutaba de los remos porque ya era un experto.

De aquí a unos meses veremos en cual de los cuatro grupos me encuentro yo. Por ahora estoy yendo siempre que puedo e incluso mañana tengo cita con mi entrenador personal para que me haga tabla de ejercicios ya que yo no tengo ni idea de cómo se utilizan todas esas máquinas del demonio.

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